Paseos Etnobotánicos

Despacio para ver Horcajo

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Paseos etnobotánicos por el entorno e Horcajo de las Torres, enclave agrícola.
Horcajo de las Torres es meseta.
Esa planicie de pan llevar, donde los cereales perfilan la línea del horizonte, tras la cual, siempre hallamos la esfericidad de la Tierra. Un lugar que muta de colores en presencia del agua, y se transmuta en su ausencia. Todo es estepa en la mirada, excepto esa ribera errática que es el río Trabancos.

Paseo didáctico con Raúl de Tapia

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Mesetas de cielo y avutardas

Así es que las avutardas te reciben en la distancia o en pesado vuelo, dejando al que recorre los espigaderos esos lienzos de tonos cálidos que son sus plumas. Cada una de ellas forma una pequeña abstracción del paisaje que les rodea, cargada del óxido campesino, el terruño como pigmento y una línea negra, leve pero intensa. Vuelan pausadas, para que su detenimiento permita la contemplación de estos escenarios para minorías con sensibilidad.

Las dos dimensiones de la tierra se elevan en una tercera cuando miras hacia el pueblo: la torre de la iglesia y sus casas de arcilla y cal. Una altura que se mide con los chopos de línea recta, ellos armonizan con los bolos de paja, redondeo de trigos y cebadas.

Suena todo a codornices: ¡Buen pan hay, buen pan hay, buen pan hay! Onomatopeyas del reclamo que llegan hasta el trompeteo de las perdices, enlazando un solista con el otro. Cada uno con su partitura de rastrojos.

Todas vuelan por encima del Trabancos, lagartija verde que se cuela entre las tierras. Un refugio estival de ruiseñores agradecidos y esforzados pica pinos, que percusionan sobre los troncos con lo saucos de testigo. ¡Qué agua más preciada esta! Cambia el paseo de quien viene por los caminos, le envuelve en otra atmosfera de paleta fresca, verdeante y fértil.

Pero realmente todo Horcajo es cielo. Un asomadero a las nubes y sus molduras, a las formas anárquicas de cirros, cúmulos y estratos. Teatro de vencejos y golondrinas, donde los rebaños de ovejas quedan mirando al azul.

La amanecida y su final, la puesta del sol, marcan el intervalo del tiempo y sus luces. Un péndulo invisible que viaja día a día y noche a noche.
Horcajo es todo meseta, de cielo y avutardas.

Raúl de Tapia (Raúl @alcanduerca)

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